En los últimos años han
existido a nivel mundial dos procesos: la globalización por un lado y diversas
identidades culturales por otro. Ambos procesos están conectados, ya que la manera
cultural con la que suele asociarse a la globalización implica una amenaza a
las culturas. Así surge el miedo a perder los principios culturales que definen
a las personas, y de ahí los conflictos y exigencias en torno a las identidades
locales o regionales.
En este doble proceso han
tenido mucho que ver las políticas de los estados-nación, que en muchos casos
gobiernan identidades distintas en un mismo marco. Para que el estado-nación no
se convierta en fallido es necesaria una voluntad civilizadora que certifique
esas identidades. La globalización implica elementos tecnológicos, objetos y
mensajes que no pertenecen a ninguna sociedad o cultura particular y que se
enfrentan al proceso de socialización que en cada población se lleva a cabo por
la familia y la escuela. Vivimos juntos, pero eso no quiere decir que seamos
capaces de comunicarnos. La población se ve atacada a la vez por la
internacionalización de la economía y por la desintegración de las identidades
culturales.
La desintegración nos
obliga a buscar un principio de reconstrucción de la modernidad, puesto que ya
no sirve de nada revivir el ámbito político y menos el religioso. La respuesta
debe buscarse en el deseo que cada individuo tiene que combinar en su vida
personal la participación en el ámbito técnico-económico y su movilización en
términos de identidad personal y cultural. El individuo mismo es quien debe
buscar las condiciones para convertirse en el autor de su propia historia.

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